
Disocio. No lo sabía, no tenía nombre para este hábito mío de escaparme de la realidad cuando el mundo se pone complicado. Disocio, me vuelvo zombie: mis labores, en general, las llevo a cabo adecuadamente. Funciono. Nadie puede decir que le he provocado un daño. No he causado un accidente, manejo bien el coche, cumplo con mi rutina, y sin embargo, no existo.
Empiezo a disociar en noviembre porque es el mes de mi cumpleaños y esa siempre es una fecha complicada. Nunca he celebrado mi cumpleaños porque siempre me pongo reflexiva en esa fecha. Luego del cáncer, el mes de diciembre se volvió el mes de las citas de revisión, los análisis, los aparatos médicos y la angustia de no saber qué dirá mi sangre, mis huesos fotografiados por los rayos X, mi pecho aplastado por el peso del escáner. Me siento como gata de Schrödinger, habito en el limbo esperando los resultados, aguantando la respiración para saber si puedo relajarme un poco o si es momento de entrar en modo sobrevivencia otra vez.
Este mes me tocó escuchar mi corazón, las consecuencias de las quimioterapias quizá están provocando algo en el. Recostada de lado sobre una camilla fría escuché a mi corazón y no fue un sonido grave, como de tambor, no tenía la fuerza de un gong, no, con este aparato mi corazón sonaba como sample de rap de los 80’s, ese sonidito que hacían al girar adelante y atrás un disco. No pude evitar reírme. El sonido de mi corazón rapero me relajo un poco.
Pero el daño estaba hecho, las reuniones familiares, el fin de año, el avance de la IA, los trabajadores municipales afuera de mi casa «arreglando» la calle desde hace tres meses, todo, en fin, me había llevado al limbo. Pasé diciembre leyendo un libro tras otro. La gente me pregunta cuál es mi secreto para terminar el reto Guadalupe-Reinas: es este, este es mi secreto. Disocio, camino por el borde de la depresión por semanas completas y mi cerebro se rehúsa a trabajar, a pensar, a escribir, a imaginar. Así que leo, leo y leo, paso días completos sin contestar mensajes, sin ver el teléfono. No es sano, pero es lo que mi cerebro hace para no volverse loco.
El problema es regresar, bajar de la nube de limbo. Este texto es mi intento de reconectar con el mundo. Escribo como testimonio de que aún existo, de que mi cerebro aún funciona en este plano. Soy ese oso que sale despeinado de la cueva, cansado, confuso, pero da un paso y otro y quizá pronto vuelva a ser él mismo. Quizá pronto vuelva a ser yo misma.
Enero 2026
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