Categoría: escritura

Ideas sobre el proceso de escribir

  • Las no-cosas y la policía de la memoria

    Las no-cosas y la policía de la memoria

    El fin de semana terminé de leer «La policía de la memoria» de Yoko Ogawa, aunque es un libro que estaba en mi lista de pendientes, la verdad es que no lo hubiera leído pronto si no hubiera leído el mes pasado No cosas de Byung-Chul Han. 

    El libro de Han inicia con una referencia a la novela de Ogawa, y propone que vivimos en un mundo similar a la isla donde se desarrolla la historia: un lugar donde  las cosas físicas constantemente desaparecen de un día para otro. Los habitantes de la isla deben deshacerse de toda evidencia de que esas cosas existieron y acomodarse a vivir sin ellas. La policía de la memoria se encarga de que estas reglas se cumplan y se encargan de desaparecer a las personas que no pueden o no quieren olvidar. En la novela no se explica por qué las cosas desaparecen, pero eso no es importante porque la resignación de los habitantes de la isla es lo más intrigante de la historia, la mayoría simplemente acepta las pérdidas y busca ajustarse a las nuevas condiciones. No existe una oposición abierta, no hay protestas pues el miedo a la policía de la memoria es demasiado, pero si existe una red de casas de refugio para aquellos que no pueden olvidar y esa resistencia suave es la única evidencia de que los habitantes de la isla aún tienen esperanza. 

    Me pareció una coincidencia mágica encontrarme con el libro de Byung-Chul Han justo en esta época de mi vida en la que me siento abrumada por las pantallas, el constante flujo de notificaciones, noticias y tendencias me hace sentir como una veleta, como un fantasma, como si no tuviera materia, ni cuerpo. Me sorprendió leer que Han propone que las no-cosas provocan esa sensación de ligereza, de estar sin estar. La información, es decir, las no-cosas, se coloca delante de las cosas y las hace palidecer. Hay objetos que parecen cosas, pero no lo son, los smartphones, según el autor, no son cosas, no nos importan como objetos, sino como accesos, no son autómatas, sino infómatas, existen para ser portales a la nube y la nube existe para alimentarse de nuestra información. Es una relación vampírica en la que abandonamos todo lo material para satisfacer nuestra adicción a las pantallas y entregamos nuestra humanidad a la nube. 

    Compré el libro de Ogawa en el aeropuerto de Heathrow, pagué por el en una máquina automática, porque han desaparecido los cajeros, ese día, leí en mi teléfono una nota sobre la inminente desaparición de las ediciones paperback en Estados Unidos. Me entristecí, esas ediciones de bolsillo han sido un gran tesoro para muchos lectores, quizá pronto desaparecerán las librerías de los aeropuertos, que principalmente venden ese tipo de ediciones.

    En algún punto en la novela, las fotografías desaparecen, los habitantes de la isla comienzan a deshacerse por diversos medios de sus fotos (por su puesto que la novela debe desarrollarse en un mundo diferente al nuestro, un mundo donde las cosas físicas aún existen) las queman, las tiran, la policía de la memoria se asegura de que no existan más, así que cuando uno de los personajes recibe una carta anunciando un nacimiento, la carta va acompañada de un dibujo a mano. Como siempre, la gente se adapta, encuentra formas de seguir, pero la persona que recibe la carta se entristece porque él aún recuerda que hubo un tiempo en que existían las fotos. 

    Byung-Chul Han habla sobre las fotos en uno de los apartados de su libro y habla de algo que yo intuí cuando estudie foto. En las primeras lecciones nos enseñaron los principios físicos de la fotografía, hicimos una cámara estenopeica y aprendimos a revelar. Me gustaba pasar horas en el cuarto oscuro, donde los teléfonos no tenían cabida y el tiempo era una variable crítica para determinar el resultado de la imagen. La fotografía conoce el duelo, dice Han. La fotografía analógica capta los rayos de luz que emanan de lo fotografiado y los graba en rayos de plata. No se limita a recordar a los muertos. Mas bien, hace posible una experiencia  de su presencia devolviéndoles la “vida”. A mi me gusta tomar fotos analógicas, son para mi, un tesoro donde están guardados los rayos de luz emanados de las personas a las que fotografío, en ellas habita un universo lumínico que me permite viajar en el tiempo. ¿Cómo sería la desaparición de las fotos en la novela si el mundo de la isla fuera como el nuestro? un clic y ya, un movimiento de un dedo y ya. El universo digital es tan frágil que basta un gesto para desaparecerlo (un gesto o un pago a destiempo). La mayoría de nosotros tenemos millones de fotos en el celular, pero casi no recordamos de qué son o porqué las tomamos, otros, los mas aficionados a las selfies, cargan un álbum cíclico, la misma imagen repetida una y otra vez hasta que deja de tener sentido. No importa si desaparecen. Su esencia etérea garantiza que nada pasara si son borradas. 

    A diferencia de las distopias latinoamericanas llenas de horror, la distopia de Ogawa se vuelve informe, confusa y desesperante por la pasividad de los habitantes de la isla quienes en algún momento “pierden» partes del cuerpo cuando éstas desaparecen, siguen ahí, pero las asumen como una desaparición y aunque esas partes del cuerpo aún forman parte de ellos, las perciben como bultos sin vida, estorbos que hay que aprender a sobrellevar. 

    Dentro de la novela hay una segunda historia pues la protagonista es autora de novelas e intercala en la historia principal fragmentos de las novelas en que la protagonista está trabajando y que suelen tratarse sobre cosas que desaparecen. Cuando le toca el turno a las novelas de desaparecer, la protagonista está trabajando en la historia de una mujer que pierde la voz y solo puede comunicarse tecleando en una máquina de escribir. Luego descubrimos que es su maestro de mecanografía el que ha creado la trampa para atrapar su voz en la máquina, pero luego la secuestra y abusa de ella hasta reducirla a una sombra, la protagonista de esta segunda historia ha perdido tanto de sí, que, cuando tiene la oportunidad de escapar, no lo hace: ya no sabe vivir fuera de su encierro.

    Quizá por esta segunda historia es que alguien en Goodreads dijo que la novela habla sobre el lenguaje, pero yo creo que el lenguaje no es el tema principal de la novela, el lenguaje deja de se útil cuando ya no hay nada que nombrar, y eso, me parece que es el meollo de la historia. La isla de la historia se está quedando sin cosas que nombrar, está perdiendo su identidad al perder las cosas que le daban vida Las cosas materiales nos aterrizan, los rituales, las tradiciones nos aterrizan, El mundo actual es mu pobre en “miradas y voces”. No nos mira ni nos habla. Pierde su “alteridad” La pantalla digital, que determina nuestra experiencia del mundo, nos protege de la realidad. El mundo se derealiza en un mundo sin cosas, sin cuerpos. Al ego así fortalecido, nada lo toca. Afirma Han.

    Pienso que los objetos, las cosas, esas cosas que están despareciendo en nuestro mundo, se parecen al hilo que Ariadna le dio a Teseo para guiarlo por el laberinto del Minotauro y mientras pienso en eso miro el separador que he usado para los libros de que acabo de leer: un boleto de entrada para el museo de Picasso en Málaga, ese pedazo de papel con una impresión de unos ojos dibujados en grafito me hace viajar en el tiempo: vuelvo a los callejones angostos de la ciudad, a sus plazoleta blanca y a ese hotel estrecho y liminal en el que nos hospedaron (fue un viaje de trabajo), confirmo así, que las cosas materiales importan, nos aterrizan, nos punzan.  Vuelvo a Han: La digitalización reduce la realidad a información. Nada sale disparado de la pantalla digital como una flecha que punce al espectador. La información no tiene punta de flecha. “Rebota en el ego fortalecido”. He convertido un boleto de entrada a un museo en separador, cada que miro esos ojos trazados con grafito, regreso a ese día en que pensé que no podía irme de Málaga sin visitar el museo aunque estuviera cansada y tuviera poco tiempo. Valió la pena. Unos ojos me miran desde el papel, un objeto, una cosa, un ancla que me ata al mundo, un objeto que acumula en su materialidad evidencia del tiempo transcurrido: un rayón, una mancha, un garabato. Marcas del tiempo, marcas de vida.

    La protagonista de la segunda historia en la novela termina por desaparecer, sin luchar, sin lamentarse, algo similar pasa con los habitantes de la isla en historia principal. Como si el cansancio fuera invencible, los pocos habitantes que aún logran recordar cosas intentan que los demás también recuerden, pero no tienen éxito, su único triunfo es que sus almas están despiertas, viven, mientras el resto de la población solo habita la inercia. La protagonista ha ocultado en un sótano improvisado a su editor, que aún puede recordar cosas y reconocer objetos que han desaparecido. A pesar de sus esfuerzos, el editor no logra hacer que la autora recuerde, reconoce que su alma se ha ido, no solo está dormida, ya no está. 

    Quiero pensar que aún recuerdo todo, pero la verdad es que he olvidado muchas cosas, el otro día escuché una canción de los Rolling Stones y me sorprendió el sonido metálico de los instrumentos, había olvidado que hace tiempo la música también era materia, las manos humanas emitían sonidos al golpear, al soplar, al rasgar la materia. No sé que otras cosas he olvidado, pero sé que me da miedo volverme como los habitantes de la isla de la novela, aunque no sé si puede evitarlo. He dejado de intentar hablar con la gente sobre los riesgos  de la tecnología, el mal uso de la información, los daños al ambiente, la usurpación de la democracia por los dueños de las grandes empresas, no hablo más porque estoy cansada, cansada de escuchar que la IA es el futuro, que la nube es el futuro, que todo será mejor en el futuro mientras veo cómo el presente está desapareciendo y desaparece también el pasado. Miro a la gente a mi alrededor volverse etérea, perder peso y sustancia, dar el salto para volar hacia la nube de datos que espera, ansiosa, hambrienta, deseosa de despojarlos de la poca humanidad que les queda. Me aferro a la tierra porque aunque quisiera volar, no puedo, soy habitante del siglo pasado y hace tiempo eché raíces aquí.

  • El camino de una diarista 

    El camino de una diarista 

    Escribo diario, pero eso no significa que sea diarista, al menos no en el sentido formal. Lo que escribo todos los días no es una crónica de mi día sino un flujo de consciencia, escribo todas las ideas dispersas que flotan en mi mente, es una especie de terapia que me permite vaciar mi cerebro en el papel, convertirme en tinta.

    A veces si escribo un diario en el sentido más usual del término, hago una crónica de mi día, anoto cosas que me parecen importantes de recordar, como los nacimientos y las muertes o las guerras y otras cosas terribles que pasan en el mundo. También escribo de forma creativa, imagino mundos, historias y busco formas de publicar lo que escribo.

    Mi primer diario fue una libretita robada (mis papás tenían una papelería) del tamaño de un cuarto de carta. Leer el “Diario de Ana Frank» me inspiro a documentar mi vida y también le escribí a Kitty, quería sentir que tenía una amiga. Al poco tiempo dejé de escribirle a Kitty, pero seguí escribiendo como si me dirigiera a alguien, como si mis diarios fueran a ser leídos en público; supongo que era una especie de autocensura.

    Con el tiempo mi escritura se fue volviendo más íntima y más libre, dejé de escribir pensando en que alguien me leería y comencé a escribirme a mí. Fue un proceso largo, no sé exactamente cuándo pasó, la escritura ha sido el hábito más constante en mi vida, así que he tenido muchos años para experimentar con ella. 

    Descubrí que la escritura personal que hago desde mi adolescencia puede ser terapéutica y aunque al escribir a veces surgen ideas, su función principal, para mi, es vaciar mi cerebro del ruido que se acumula en mi cabeza; es una forma de existir sin la presión de ser observada ni juzgada. Mi cuaderno se ha vuelto un refugio, pero también un laboratorio. Desde hace mucho me intriga el saber porqué escribir a mano es tan sanador y en ese proceso he descubierto herramientas y libros que me han ayudado a fortalecer esta práctica.

    Hace varios años, un amigo me regaló un día una copia de Writing Down the Bones* de Natalie Goldberg y esa fue mi primera aproximación al arte de la escritura como práctica zen, como una forma de autoconocimiento. Durante muchos años escribí en libretas tamaño media carta, siguiendo la premisa de Natalie, ella aconseja escribir por un tiempo determinado (10 minutos, por ejemplo) sin soltar el lápiz ni despegar la mano de la hoja. El objetivo de esta practica es soltar la mano y liberar la mente, escribir un flujo de consciencia, es decir, escribir todo lo que se te venga a la cabeza, sin importar cuándo y dónde escribas. Se trata de abrir la mente y dejar que el cerebro fluya con la tinta.

    Este año modifiqué un poco mi practica para ajustarla a lo que se conoce como morning pages: páginas matutinas. Esta práctica es parte de una programa de creatividad desarrollado por Julia Cameron en su libro “El camino del artista” en realidad las morning pages son bastante similares a lo que recomienda Natalie Goldberg, pero con algunas modificaciones que, para mí, han significado una gran mejora pues son las que me han traído hasta acá, a escribir este post. 

    Cameron dice que la hora del día en que se escribe el flujo de conciencia es importante y sugiere escribir en cuanto despiertes, en tres páginas tamaño carta y siempre a mano. Para mi, pasar de tres páginas tamaño media carta a tres de tamaño carta implicó  duplicar el volumen de lo  que escribía,  pero  descubrí  que aunque   a veces,  muchas  veces, sufro por no  saber  que  escribir, al final   siempre lleno las tres páginas  y siempre surge  algún tema  para explorar. La superficie enorme de una hoja tamaño carta me hace sentirme con libertad de soltar todo lo que traigo en la cabeza, aunque eso sí, dice Cameron que es importante no escribir ni más ni menos de tres hojas (me recuerda a Murakami que en su libro “De qué hablo cuando hablo de correr” que también es una especie de diario sobre la práctica de correr, aconseja siempre no correr hasta que estés exhausta sino dejar algo reservado para el día siguiente). 

    Cuando no se me ocurre nada qué escribir, la enormidad de la hoja carta es una tortura, la verdad. Muchas veces empiezo la página escribiendo simplemente eso: no sé qué escribir o no quiero escribir, o cualquier tontería que me venga a la cabeza, hasta que sin darme cuenta comienzan a fluir las ideas. 

    Aún no me atrevo a hacer el camino del artista, pero siento que el solo hecho de cambiar mi práctica de escritura diaria a las páginas matutinas me ha despertado una especie de impulso. No suelo publicar nada de mi escritura personal, todo se queda en el cuaderno, aunque a veces surgen ideas que luego trabajo de forma creativa, pero ahora tengo el deseo de ir hacia atrás y revisar mis cuadernos y ver qué cosas podría trabajar para adaptar a un texto que pueda publicar, por lo menos, en este blog, ahora el gran reto será descifrar mi letra, que cada día es más indescifrable.

    Pero dime, ¿tú también usas la escritura como terapia o lo has considerado alguna vez? 

    *La versión en español se llama El gozo de escribir 

  • ¿Escribir es observar?

    ¿Escribir es observar?

    ¿Escribir es observar? Escribo esto mientras observo a mi gatita intentando escapar por la ventana. Observo los rayos del sol en la pared. Escucho a los aviones que constantemente sobrevuelan mi casa. Observo el ruido blanco del mundo. 

    El lenguaje es la herramienta del pensamiento, pero es tan rústica que a veces crea abismos insondables. Mi cabeza es una maraña de cosas ideas, emociones, pensamientos, todo tan confuso, tan enredado que no sé cómo describir lo que pienso y siento. Eso me abruma y opto por el silencio. Dejo de escribir, pero vivo, sigo viviendo. Existo. 

    Mi cuerpo dice lo que yo no puedo, pero su vocabulario es aún más limitado que el lenguaje escrito. Mi cuerpo conoce apenas unos cuantos morfemas: nariz, garganta, ojos, cabeza, pecho. Somatizo, el cuerpo escribe a su manera. La tinta de mi cuerpo es el aire, salgo a caminar y me abastezco de aire. Necesito aire para nombrar los pensamientos, pensamientos para armar palabras, palabras para ordenar los pensamientos. Apenas nombro las cosas, siento que el mundo se detiene. El lenguaje es un ancla.

    Sí, creo que sí, que escribir es observar y también es vivir. Lo voy descubriendo de a poco; en el deseo que tengo a veces de derramarme en el cuaderno, de dejar que mi cerebro se transforme en tinta y la tinta en palabras. 

    A veces siento que acabo de nacer y estoy aprendiendo a nombrar las cosas. Ordenar los pensamientos se siente como nacer por decisión propia, por gusto propio. Nombrar es algo tan complejo. Se nombra la naranja sin problemas, la fruta, la manzana. Se nombra padre, madre, hermano, pero ¿cómo se nombra la enorme soledad de sus silencios? ¿cómo se nombra ese gesto desconfiado de mi gata o el gusto de ver el brillo del sol en los ojos de un niño?

    Escribo. Pongo una letra delante de otra. Busco la palabra que defina lo que quiero decir. La invento si no la encuentro. Escribir es observar, es vivir, es estar presente. Supongo que por eso a veces no escribo, porque no se puede hacer todo al mismo tiempo y a veces, me rindo a mi naturaleza salvaje y solo cierro los ojos para sentir con gusto los rayos del sol en mi cara. 

    *Compartí este texto en la noche de Open Mic del 5to aniversario de la comunidad «Leemos Juntas» de Libros Before Tipos

  • Pechos en un plato

    Pechos en un plato

    Con motivo de la publicación de Penumbria Corporal*, quisiera escribir un poco sobre las ideas que me ayudaron a escribir el cuento que mandé para esta convocatoria.

    Como sobreviviente de cáncer, algo que me ayudo a navegar el proceso de la enfermedad fue investigar sobre el tema. Lo que descubrí fue un poco decepcionante: hace falta mucha investigación. Hay un montón de cánceres de los que se sabe muy poco. A mí me dijeron que tenía uno de los más comunes, uno del que se sabe más y para el cual había un tratamiento relativamente efectivo, pero no por ello menos aterrador.

    La falta de investigación médica implica que en el SXXI los principales métodos para tratar el cáncer sigan siendo venenos, quemaduras y amputaciones, en versiones estilizadas, con grandes máquinas blancas y estériles y un sinfín de líquidos transparentes, pero que en realidad siguen haciendo las funciones de las hierbas ponzoñosas, el fuego y el cuchillo. Ese conocimiento fue el que me llevó a investigar más sobre la historia del cáncer de mama y cómo se ha tratado a lo largo de la historia y lo que encontré fue un montón de historias aterradoras que, paradójicamente, me tranquilizaron: por lo menos en este siglo ya existe la anestesiología.

    Ilustración de una mastectomia e instrumentos médicos necesarios para realizarla (ca 1675)

    Uno de los primeros registros de la enfermedad es de los egipcios aproximadamente en 1600 a.C. Los antiguos griegos también registraron el mal y juraría que leí sobre una mujer en Grecia que ordeno la extirpación de su seno cuando detectó un tumor, pero no he podido encontrar la referencia y es una pena porque los médicos egipcios y griegos coincidían en que lo mejor era no operar el pecho enfermo, así que si existió, esa mujer habría sido una rebelde y una precursora de la medicina.

    Mastectomia SXVII

    Después de los griegos la historia occidental no menciona de nuevo el tema hasta la edad media, época en que comienza a documentarse algunos procedimientos médicos, que parecían más bien carnicerías o torturas de la inquisición

    Las imágenes de mastectomías históricas se quedaron en mi cerebro, y me han perseguido por años, ni siquiera imagino el dolor de esas operaciones, las infecciones, el morbo. Supongo que la esperanza de vida era poca para un sacrificio tan grande, ¿Cuánto hay que amar la vida para estar dispuesta a pasar por ese dolor? ¿O tal vez las pacientes ni siquiera querían operarse y los médicos aprovecharon la oportunidad para hacer sus experimentos?

    Leí en un libro que se llama «El emperador de todos los males» de Siddhartha Mukherjee, una frase que me hizo rendirme ante la incertidumbre de la enfermedad: El cáncer es un invasor y un colonizador extremadamente exitoso, en parte porque explota las misma funciones que nos hacen exitosos como especie o como organismo. Mientras estemos vivos, la posibilidad del cáncer estará ahí.

    Después de leer ese libro comencé a buscar respuestas en el arte, recordé la serie fotográfica de Lee Miller que vi hace unos años en una exposición en el Museo de Arte Moderno y me pregunté cuál sería la historia detrás de esas fotografías.

    Sin título [Seno amputado tras mastectomía radical en un plato 1 y 2]
    Lee Miller (ca 1929)

    Descubrí que nadie sabe exactamente de quién es el pecho y por qué se tomó esa foto, pero una teoría es que perteneció a una amiga de Lee ¿le habrá pedido la enferma a Lee que robara el seno y le tomara una foto? ¿o por el contrario, fue Lee quien decidió hacer la foto sin consentimiento de la mujer? Cualquier respuesta plantea una historia interesante, pero prefiero creer que la correcta es la primera, que fue la paciente quien pidió a Lee robar el seno amputado y tomarle fotos para hacer con el una «ofrenda», para retomar el control de su cuerpo a través de la imagen, para hacer arte con su dolor.

    Naturaleza muerta con seno, Joel-Peter Witkin

    El mismo año que vi la foto de Miller, tuve la suerte de ver una imagen similar, hecha por un hombre, uno de los hermanos Witkin, en una exposición del extinto Fotomuseo Cuatro Caminos, el contraste de ambas fotos me intriga todavía, para el hombre el pecho es solo un motivo más en la naturaleza muerta, es estético y frio, la foto de Miller, por el contrario, es cruda y sangrienta, esta viva, a veces imagino que en cualquier momento ese pecho comenzara a palpitar, como si un corazón estuviera escondido en su interior.

    Santa Águeda de Catania

    No sé si Miller o Witkin conocían la historia de Santa Águeda, pero si no, me parece muy extraño encontrar tanta similitud en sus imágenes. Águeda no estaba enferma, su sacrificio tuvo que ver con la conservación de su pureza ante los avances de un pretendiente que, al no aceptar su rechazo la torturó y ordenó que le arrancaran los pechos, por eso se la representa sosteniendo un plato en el que reposan sus senos mutilados. Tip para escritores: los martirologios católicos son siempre una buena fuente de inspiración para historias de body horror.

    Confieso que lo último que imaginé cuando comencé a investigar sobre el cáncer de mama fue encontrarme con iconografías de pechos servidos en platos, quizá por eso la mastectomia terminó convirtiéndose en mi mente en una especie de rito sacrificial, por alguna extraña razón, esa idea me ha servido para enfrentar mejor el camino de la enfermedad y me ha hecho confirmar que cuando la realidad se pone difícil, a veces el horror calma y hasta reconforta.

    Notas

    Penumbria Corporal se puede descargar aquí

    Puedes ver más fotos de Lee Miller aquí

    El trabajo de Joel-Peter Witkin se puede ver acá

  • Aracné me salvó la vida

    Aracné me salvó la vida

    Hace 5 años, la víspera de año nuevo me la pase haciendo un muestrario de costuras para libretas. Ese fin de año fue el peor de mi vida: no pude comer nada porque los efectos de la radioterapia me lastimaron tanto la garganta que tragar saliva era doloroso, también estaba muy cansada y además, pelona. No escribí nada, me costaba pensar, pero tenía una obsesión enorme por hacer cosas con agujas e hilo.

    Me puse a hacer libretas a la antigua, solo hilo, papel y piel, bordaba sin descanso, hasta compré una máquina de coser y me puse a hacer “proyectos” que veía en tutoriales de youtube, me llene de hilos, de agujas porque sentía un enorme deseo de convertirme en araña para producir hilos y salir a remendarlo todo, remendarme a mi.

    Un cuerpo roto

    Ese año pase por una mastectomía, quimios, radioterapia y un sinfín de consultas médicas. Hubo muchas noches de insomnio preguntándome ¿por qué a mí? ¿por qué yo? No podía verme al espejo sin ponerme a llorar, no quería bañarme para no enfrentarme a mi cuerpo desnudo y roto, abierto y cosido con puntadas toscas y chuecas. No quería escribir, no quería hablar porque no tenía las palabras para expresar lo que sentía: unas enormes ganas de repararme, de regresar el tiempo, de remendar con hilos mágicos mis heridas, como una prenda vieja a la que una tejedora sabia le da nueva vida.

    Las ancestras bordadoras

    En esos días pensé mucho en Penélope, tejiendo y destejiendo su sudario, para engañar a sus pretendientes, para sobrevivir, para soportar la espera. Leí no sé cuantos libros de costura, cosía telas, pieles, papeles, descubrí que la aguja y el hilo son invenciones maravillosas. En mi convalecencia ví un montón de documentales sobre cómo se hace el lino a la manera antigua, la seda, la lana, buscaba imágenes de cardadoras, de bordadoras, de costureras, quería ser una de ellas, quería que alguien me enseñara a coser la ropa que necesitaba mi cuerpo mutilado y quizá encontrar alguna técnica para regresar mi cuerpo a la normalidad.

    Después de la cirugía, las primeras sugerencias de algunas enfermeras y “amigas” fueron usar prótesis, la reconstrucción del seno, hubo quien bromeó con que así además me hacían “la lipo” pero la prótesis externa, me molesta, la reconstrucción quirúrgica implica un proceso doloroso que requiere estirar la piel por meses y luego una cirugía, ademas, algunas prótesis internas, se ha reportado, tienen elementos cancerígenos, en fin, me parecía demasiado trabajo para que los demás se sintieran cómodos al estar conmigo, porque a mi en realidad, no es que no me moleste no tener un seno, pero me molesta más la idea de someterme a torturas adicionales solo para que los demás me acepten. Así que me embarque en una búsqueda para encontrar formas de habitar mi nuevo cuerpo, armada de hilos y agujas.

    Aracné,la arrogante

    Aprendí mucho sobre la historia de los textiles, pero fue el mito de Aracné el que me sacó del sopor. Aracné era una arrogante bordadora que se atrevió a desafiar a la diosa Atenea pues aseguró que podía bordar más rápido y mejor que ella, a pesar de ser mortal. Atenea, inmadura como todos los dioses griegos, se hizo presente al instante y aceptó el desafio. Ante un publico asombrado, Atenea bordó rápidamente y con gran destreza un manto maravilloso, Aracné no se amedrentó y comenzó a dibujar en su tela el esplendor del Olimpo, al parecer, se quería congraciar con Atenea haciendo un homenaje a la divinidad, sin embargo, poco a poco en su manto comenzaron a aparecer los abusos y crueldades de los dioses, sobre todo, los de Zeus: el rapto de Europa, la violación de Leda y otros tantos engaños y violaciones a las mujeres mortales. Atenea, furiosa, castigo a Aracné, transformándola en un insecto, pero reconoció que era mejor tejedora, así que la convirtió en un insecto bordador, en una araña, para que pudiera tejer por toda la eternidad.

    Cinco años después

    El mito de aracné me saco del sopor, porque me recordó que la aguja y el hilo no sirven solo para remendar, también sirven para “narrar” para crear, para expresar en imágenes y en colores lo que no se puede decir con palabras. Después de conocer el mito de Aracné deje de hacer remiendos y puntadas según las instrucciones de alguien mas y comencé a experimentar por mi cuenta. Cinco años después, por fin voy encontrando palabras para decir que tengo miedo, todo el tiempo, pero también tengo amor, alegría y unas ganas enormes de vivir, y ademas, por fin he encontrado formas de vestir este cuerpo a mi manera, a mi gusto y eso es lo mejor que me dejó seguir el ejemplo de Aracné.