Categoría: Reseña

  • Sobre brujas y viejas sabias

    Sobre brujas y viejas sabias

    Creo que me ha gustado este ejercicio de poner libros a dialogar. Esta vez, leí dos libros que me parece que emparejan bien.

    Vuelo de brujas

    Es una antología española. Además de autoras de ese país incluye algunos textos de autoras latinoamericanas, de hecho abre con una minificción de Cecilia Eudave.

    Como toda antología hay cuentos que me gustaron mucho y otros con los que no conecté, pero en todos había una intención de mirar a la bruja con otros ojos o de dar un giro a los tropos tradicionales, de mirar a la mujer debajo de la maldad. Cuentos como «La hilandera» u «Olvido en su propio jugo» recrean historias tradicionales y nos revelan la tragedia que da origen a las acciones nefastas de algunas brujas. «Mariana y su muñeca de trapo» de Marivell Contreras, de República Dominicana es un cuento extraño, weird, que mezcla narradores, tropos de los cuentos de hadas con el terror, fue uno de los que más me gustó aunque sigo preguntándome ¿qué fue eso?

    En general es una buena antología y el prólogo es bastante bueno, hace un recorrido breve pero eficaz sobre la historia de las brujas en la literatura y cómo ha ido cambiando con el tiempo. Muchos de los cuentos echan mano de las tradiciones europeas, el arquetipo familiar de la mujer sola, aislada, o vieja y sola, habitante del bosque. Los aquelarres, el matrimonio infernal con la naturaleza, en ese sentido, las historias latinoamericanas me parecieron las más originales, quizá porque se alejan de esos recursos.

    Wise Women: Myths and stories for midlife and beyond

    Es un trabajo recopilatorio de historias, canciones y poemas tradicionales de Inglaterra, Escocia e Irlanda sobre mujeres «mayores»: madres, abuelas y brujas.

    Al leer estos textos, me di cuenta de que las mujeres mayores de la antigüedad poseían una sabiduría y merecían un respeto que hemos perdido en nuestra época.

    En estos textos la mujer mayor se representa como una anciana decrépita, una mujer pequeña, un ser que ya no es atractivo para los demás, y sin embargo, existe y es útil. La mujer mayor, liberada de la necesidad de complacer o de entrar en la carrera por obtener un marido, obtiene un poder y una sabiduría que le permite moldear el mundo, detener guerras y guiar a quien se lo pida.

    Algunas de las mujeres mayores de este libro son mágicas, otras son simplemente sabias, pero todas son las protagonistas de sus historias, aquí las doncellas en apuros, las bellas durmientes y sus príncipes, son personajes secundarios. Las mujeres mágicas son hadas madrinas, hechiceras, la abuela Nieve o la Luna.

    La autora explica algunos arquetipos que tienen variaciones en distintas regiones: la vieja decrépita que se transforma en una mujer hermosa cuando un hombre se acerca a ella, las mujeres como cuidadoras del agua y de la tierra, las tejedoras. En muchas historias se revela que las culturas más antiguas veían a las mujeres también como creadoras del mundo. Aquí vemos mujeres gigantes, capaces de moldear la tierra, sabias tejedoras que hilan el destino de los humanos, ancianas ingeniosas que logran vengar injusticias o ayudan a los más jóvenes a lograr su destino, aunque también hay una dualidad, pues estas mujeres también son Furias, también pueden maldecir y no tienen paciencia con los cobardes.

    El libro también es una especie de texto de autoayuda porque después de cada historia hay una reflexión de la autora sobre el rol de la protagonista y resalta las fortalezas que le permiten florecer, luego reflexiona sobre los paralelismos de las protagonistas con la sabiduría que pueden obtener las mujeres después de la menopausia, así que este libro, en realidad, es 2 x 1.

  • Las no-cosas y la policía de la memoria

    Las no-cosas y la policía de la memoria

    El fin de semana terminé de leer «La policía de la memoria» de Yoko Ogawa, aunque es un libro que estaba en mi lista de pendientes, la verdad es que no lo hubiera leído pronto si no hubiera leído el mes pasado No cosas de Byung-Chul Han. 

    El libro de Han inicia con una referencia a la novela de Ogawa, y propone que vivimos en un mundo similar a la isla donde se desarrolla la historia: un lugar donde  las cosas físicas constantemente desaparecen de un día para otro. Los habitantes de la isla deben deshacerse de toda evidencia de que esas cosas existieron y acomodarse a vivir sin ellas. La policía de la memoria se encarga de que estas reglas se cumplan y se encargan de desaparecer a las personas que no pueden o no quieren olvidar. En la novela no se explica por qué las cosas desaparecen, pero eso no es importante porque la resignación de los habitantes de la isla es lo más intrigante de la historia, la mayoría simplemente acepta las pérdidas y busca ajustarse a las nuevas condiciones. No existe una oposición abierta, no hay protestas pues el miedo a la policía de la memoria es demasiado, pero si existe una red de casas de refugio para aquellos que no pueden olvidar y esa resistencia suave es la única evidencia de que los habitantes de la isla aún tienen esperanza. 

    Me pareció una coincidencia mágica encontrarme con el libro de Byung-Chul Han justo en esta época de mi vida en la que me siento abrumada por las pantallas, el constante flujo de notificaciones, noticias y tendencias me hace sentir como una veleta, como un fantasma, como si no tuviera materia, ni cuerpo. Me sorprendió leer que Han propone que las no-cosas provocan esa sensación de ligereza, de estar sin estar. La información, es decir, las no-cosas, se coloca delante de las cosas y las hace palidecer. Hay objetos que parecen cosas, pero no lo son, los smartphones, según el autor, no son cosas, no nos importan como objetos, sino como accesos, no son autómatas, sino infómatas, existen para ser portales a la nube y la nube existe para alimentarse de nuestra información. Es una relación vampírica en la que abandonamos todo lo material para satisfacer nuestra adicción a las pantallas y entregamos nuestra humanidad a la nube. 

    Compré el libro de Ogawa en el aeropuerto de Heathrow, pagué por el en una máquina automática, porque han desaparecido los cajeros, ese día, leí en mi teléfono una nota sobre la inminente desaparición de las ediciones paperback en Estados Unidos. Me entristecí, esas ediciones de bolsillo han sido un gran tesoro para muchos lectores, quizá pronto desaparecerán las librerías de los aeropuertos, que principalmente venden ese tipo de ediciones.

    En algún punto en la novela, las fotografías desaparecen, los habitantes de la isla comienzan a deshacerse por diversos medios de sus fotos (por su puesto que la novela debe desarrollarse en un mundo diferente al nuestro, un mundo donde las cosas físicas aún existen) las queman, las tiran, la policía de la memoria se asegura de que no existan más, así que cuando uno de los personajes recibe una carta anunciando un nacimiento, la carta va acompañada de un dibujo a mano. Como siempre, la gente se adapta, encuentra formas de seguir, pero la persona que recibe la carta se entristece porque él aún recuerda que hubo un tiempo en que existían las fotos. 

    Byung-Chul Han habla sobre las fotos en uno de los apartados de su libro y habla de algo que yo intuí cuando estudie foto. En las primeras lecciones nos enseñaron los principios físicos de la fotografía, hicimos una cámara estenopeica y aprendimos a revelar. Me gustaba pasar horas en el cuarto oscuro, donde los teléfonos no tenían cabida y el tiempo era una variable crítica para determinar el resultado de la imagen. La fotografía conoce el duelo, dice Han. La fotografía analógica capta los rayos de luz que emanan de lo fotografiado y los graba en rayos de plata. No se limita a recordar a los muertos. Mas bien, hace posible una experiencia  de su presencia devolviéndoles la “vida”. A mi me gusta tomar fotos analógicas, son para mi, un tesoro donde están guardados los rayos de luz emanados de las personas a las que fotografío, en ellas habita un universo lumínico que me permite viajar en el tiempo. ¿Cómo sería la desaparición de las fotos en la novela si el mundo de la isla fuera como el nuestro? un clic y ya, un movimiento de un dedo y ya. El universo digital es tan frágil que basta un gesto para desaparecerlo (un gesto o un pago a destiempo). La mayoría de nosotros tenemos millones de fotos en el celular, pero casi no recordamos de qué son o porqué las tomamos, otros, los mas aficionados a las selfies, cargan un álbum cíclico, la misma imagen repetida una y otra vez hasta que deja de tener sentido. No importa si desaparecen. Su esencia etérea garantiza que nada pasara si son borradas. 

    A diferencia de las distopias latinoamericanas llenas de horror, la distopia de Ogawa se vuelve informe, confusa y desesperante por la pasividad de los habitantes de la isla quienes en algún momento “pierden» partes del cuerpo cuando éstas desaparecen, siguen ahí, pero las asumen como una desaparición y aunque esas partes del cuerpo aún forman parte de ellos, las perciben como bultos sin vida, estorbos que hay que aprender a sobrellevar. 

    Dentro de la novela hay una segunda historia pues la protagonista es autora de novelas e intercala en la historia principal fragmentos de las novelas en que la protagonista está trabajando y que suelen tratarse sobre cosas que desaparecen. Cuando le toca el turno a las novelas de desaparecer, la protagonista está trabajando en la historia de una mujer que pierde la voz y solo puede comunicarse tecleando en una máquina de escribir. Luego descubrimos que es su maestro de mecanografía el que ha creado la trampa para atrapar su voz en la máquina, pero luego la secuestra y abusa de ella hasta reducirla a una sombra, la protagonista de esta segunda historia ha perdido tanto de sí, que, cuando tiene la oportunidad de escapar, no lo hace: ya no sabe vivir fuera de su encierro.

    Quizá por esta segunda historia es que alguien en Goodreads dijo que la novela habla sobre el lenguaje, pero yo creo que el lenguaje no es el tema principal de la novela, el lenguaje deja de se útil cuando ya no hay nada que nombrar, y eso, me parece que es el meollo de la historia. La isla de la historia se está quedando sin cosas que nombrar, está perdiendo su identidad al perder las cosas que le daban vida Las cosas materiales nos aterrizan, los rituales, las tradiciones nos aterrizan, El mundo actual es mu pobre en “miradas y voces”. No nos mira ni nos habla. Pierde su “alteridad” La pantalla digital, que determina nuestra experiencia del mundo, nos protege de la realidad. El mundo se derealiza en un mundo sin cosas, sin cuerpos. Al ego así fortalecido, nada lo toca. Afirma Han.

    Pienso que los objetos, las cosas, esas cosas que están despareciendo en nuestro mundo, se parecen al hilo que Ariadna le dio a Teseo para guiarlo por el laberinto del Minotauro y mientras pienso en eso miro el separador que he usado para los libros de que acabo de leer: un boleto de entrada para el museo de Picasso en Málaga, ese pedazo de papel con una impresión de unos ojos dibujados en grafito me hace viajar en el tiempo: vuelvo a los callejones angostos de la ciudad, a sus plazoleta blanca y a ese hotel estrecho y liminal en el que nos hospedaron (fue un viaje de trabajo), confirmo así, que las cosas materiales importan, nos aterrizan, nos punzan.  Vuelvo a Han: La digitalización reduce la realidad a información. Nada sale disparado de la pantalla digital como una flecha que punce al espectador. La información no tiene punta de flecha. “Rebota en el ego fortalecido”. He convertido un boleto de entrada a un museo en separador, cada que miro esos ojos trazados con grafito, regreso a ese día en que pensé que no podía irme de Málaga sin visitar el museo aunque estuviera cansada y tuviera poco tiempo. Valió la pena. Unos ojos me miran desde el papel, un objeto, una cosa, un ancla que me ata al mundo, un objeto que acumula en su materialidad evidencia del tiempo transcurrido: un rayón, una mancha, un garabato. Marcas del tiempo, marcas de vida.

    La protagonista de la segunda historia en la novela termina por desaparecer, sin luchar, sin lamentarse, algo similar pasa con los habitantes de la isla en historia principal. Como si el cansancio fuera invencible, los pocos habitantes que aún logran recordar cosas intentan que los demás también recuerden, pero no tienen éxito, su único triunfo es que sus almas están despiertas, viven, mientras el resto de la población solo habita la inercia. La protagonista ha ocultado en un sótano improvisado a su editor, que aún puede recordar cosas y reconocer objetos que han desaparecido. A pesar de sus esfuerzos, el editor no logra hacer que la autora recuerde, reconoce que su alma se ha ido, no solo está dormida, ya no está. 

    Quiero pensar que aún recuerdo todo, pero la verdad es que he olvidado muchas cosas, el otro día escuché una canción de los Rolling Stones y me sorprendió el sonido metálico de los instrumentos, había olvidado que hace tiempo la música también era materia, las manos humanas emitían sonidos al golpear, al soplar, al rasgar la materia. No sé que otras cosas he olvidado, pero sé que me da miedo volverme como los habitantes de la isla de la novela, aunque no sé si puede evitarlo. He dejado de intentar hablar con la gente sobre los riesgos  de la tecnología, el mal uso de la información, los daños al ambiente, la usurpación de la democracia por los dueños de las grandes empresas, no hablo más porque estoy cansada, cansada de escuchar que la IA es el futuro, que la nube es el futuro, que todo será mejor en el futuro mientras veo cómo el presente está desapareciendo y desaparece también el pasado. Miro a la gente a mi alrededor volverse etérea, perder peso y sustancia, dar el salto para volar hacia la nube de datos que espera, ansiosa, hambrienta, deseosa de despojarlos de la poca humanidad que les queda. Me aferro a la tierra porque aunque quisiera volar, no puedo, soy habitante del siglo pasado y hace tiempo eché raíces aquí.