Creo que me ha gustado este ejercicio de poner libros a dialogar. Esta vez, leí dos libros que me parece que emparejan bien.
Vuelo de brujas
Es una antología española. Además de autoras de ese país incluye algunos textos de autoras latinoamericanas, de hecho abre con una minificción de Cecilia Eudave.
Como toda antología hay cuentos que me gustaron mucho y otros con los que no conecté, pero en todos había una intención de mirar a la bruja con otros ojos o de dar un giro a los tropos tradicionales, de mirar a la mujer debajo de la maldad. Cuentos como «La hilandera» u «Olvido en su propio jugo» recrean historias tradicionales y nos revelan la tragedia que da origen a las acciones nefastas de algunas brujas. «Mariana y su muñeca de trapo» de Marivell Contreras, de República Dominicana es un cuento extraño, weird, que mezcla narradores, tropos de los cuentos de hadas con el terror, fue uno de los que más me gustó aunque sigo preguntándome ¿qué fue eso?
En general es una buena antología y el prólogo es bastante bueno, hace un recorrido breve pero eficaz sobre la historia de las brujas en la literatura y cómo ha ido cambiando con el tiempo. Muchos de los cuentos echan mano de las tradiciones europeas, el arquetipo familiar de la mujer sola, aislada, o vieja y sola, habitante del bosque. Los aquelarres, el matrimonio infernal con la naturaleza, en ese sentido, las historias latinoamericanas me parecieron las más originales, quizá porque se alejan de esos recursos.
Wise Women: Myths and stories for midlife and beyond
Es un trabajo recopilatorio de historias, canciones y poemas tradicionales de Inglaterra, Escocia e Irlanda sobre mujeres «mayores»: madres, abuelas y brujas.
Al leer estos textos, me di cuenta de que las mujeres mayores de la antigüedad poseían una sabiduría y merecían un respeto que hemos perdido en nuestra época.
En estos textos la mujer mayor se representa como una anciana decrépita, una mujer pequeña, un ser que ya no es atractivo para los demás, y sin embargo, existe y es útil. La mujer mayor, liberada de la necesidad de complacer o de entrar en la carrera por obtener un marido, obtiene un poder y una sabiduría que le permite moldear el mundo, detener guerras y guiar a quien se lo pida.
Algunas de las mujeres mayores de este libro son mágicas, otras son simplemente sabias, pero todas son las protagonistas de sus historias, aquí las doncellas en apuros, las bellas durmientes y sus príncipes, son personajes secundarios. Las mujeres mágicas son hadas madrinas, hechiceras, la abuela Nieve o la Luna.
La autora explica algunos arquetipos que tienen variaciones en distintas regiones: la vieja decrépita que se transforma en una mujer hermosa cuando un hombre se acerca a ella, las mujeres como cuidadoras del agua y de la tierra, las tejedoras. En muchas historias se revela que las culturas más antiguas veían a las mujeres también como creadoras del mundo. Aquí vemos mujeres gigantes, capaces de moldear la tierra, sabias tejedoras que hilan el destino de los humanos, ancianas ingeniosas que logran vengar injusticias o ayudan a los más jóvenes a lograr su destino, aunque también hay una dualidad, pues estas mujeres también son Furias, también pueden maldecir y no tienen paciencia con los cobardes.
El libro también es una especie de texto de autoayuda porque después de cada historia hay una reflexión de la autora sobre el rol de la protagonista y resalta las fortalezas que le permiten florecer, luego reflexiona sobre los paralelismos de las protagonistas con la sabiduría que pueden obtener las mujeres después de la menopausia, así que este libro, en realidad, es 2 x 1.
El fin de semana terminé de leer «La policía de la memoria» de Yoko Ogawa, aunque es un libro que estaba en mi lista de pendientes, la verdad es que no lo hubiera leído pronto si no hubiera leído el mes pasado No cosasde Byung-Chul Han.
El libro de Han inicia con una referencia a la novela de Ogawa, y propone que vivimos en un mundo similar a la isla donde se desarrolla la historia: un lugar donde las cosas físicas constantemente desaparecen de un día para otro. Los habitantes de la isla deben deshacerse de toda evidencia de que esas cosas existieron y acomodarse a vivir sin ellas. La policía de la memoria se encarga de que estas reglas se cumplan y se encargan de desaparecer a las personas que no pueden o no quieren olvidar. En la novela no se explica por qué las cosas desaparecen, pero eso no es importante porque la resignación de los habitantes de la isla es lo más intrigante de la historia, la mayoría simplemente acepta las pérdidas y busca ajustarse a las nuevas condiciones. No existe una oposición abierta, no hay protestas pues el miedo a la policía de la memoria es demasiado, pero si existe una red de casas de refugio para aquellos que no pueden olvidar y esa resistencia suave es la única evidencia de que los habitantes de la isla aún tienen esperanza.
Me pareció una coincidencia mágica encontrarme con el libro de Byung-Chul Han justo en esta época de mi vida en la que me siento abrumada por las pantallas, el constante flujo de notificaciones, noticias y tendencias me hace sentir como una veleta, como un fantasma, como si no tuviera materia, ni cuerpo. Me sorprendió leer que Han propone que las no-cosas provocan esa sensación de ligereza, de estar sin estar. La información, es decir, las no-cosas, se coloca delante de las cosas y las hace palidecer. Hay objetos que parecen cosas, pero no lo son, los smartphones, según el autor, no son cosas, no nos importan como objetos, sino como accesos, no son autómatas, sino infómatas, existen para ser portales a la nube y la nube existe para alimentarse de nuestra información. Es una relación vampírica en la que abandonamos todo lo material para satisfacer nuestra adicción a las pantallas y entregamos nuestra humanidad a la nube.
Compré el libro de Ogawa en el aeropuerto de Heathrow, pagué por el en una máquina automática, porque han desaparecido los cajeros, ese día, leí en mi teléfono una nota sobre la inminente desaparición de las ediciones paperback en Estados Unidos. Me entristecí, esas ediciones de bolsillo han sido un gran tesoro para muchos lectores, quizá pronto desaparecerán las librerías de los aeropuertos, que principalmente venden ese tipo de ediciones.
En algún punto en la novela, las fotografías desaparecen, los habitantes de la isla comienzan a deshacerse por diversos medios de sus fotos (por su puesto que la novela debe desarrollarse en un mundo diferente al nuestro, un mundo donde las cosas físicas aún existen) las queman, las tiran, la policía de la memoria se asegura de que no existan más, así que cuando uno de los personajes recibe una carta anunciando un nacimiento, la carta va acompañada de un dibujo a mano. Como siempre, la gente se adapta, encuentra formas de seguir, pero la persona que recibe la carta se entristece porque él aún recuerda que hubo un tiempo en que existían las fotos.
Byung-Chul Han habla sobre las fotos en uno de los apartados de su libro y habla de algo que yo intuí cuando estudie foto. En las primeras lecciones nos enseñaron los principios físicos de la fotografía, hicimos una cámara estenopeica y aprendimos a revelar. Me gustaba pasar horas en el cuarto oscuro, donde los teléfonos no tenían cabida y el tiempo era una variable crítica para determinar el resultado de la imagen. La fotografía conoce el duelo, dice Han. La fotografía analógica capta los rayos de luz que emanan de lo fotografiado y los graba en rayos de plata. No se limita a recordar a los muertos. Mas bien, hace posible una experiencia de su presencia devolviéndoles la “vida”.A mi me gusta tomar fotos analógicas, son para mi, un tesoro donde están guardados los rayos de luz emanados de las personas a las que fotografío, en ellas habita un universo lumínico que me permite viajar en el tiempo. ¿Cómo sería la desaparición de las fotos en la novela si el mundo de la isla fuera como el nuestro? un clic y ya, un movimiento de un dedo y ya. El universo digital es tan frágil que basta un gesto para desaparecerlo (un gesto o un pago a destiempo). La mayoría de nosotros tenemos millones de fotos en el celular, pero casi no recordamos de qué son o porqué las tomamos, otros, los mas aficionados a las selfies, cargan un álbum cíclico, la misma imagen repetida una y otra vez hasta que deja de tener sentido. No importa si desaparecen. Su esencia etérea garantiza que nada pasara si son borradas.
A diferencia de las distopias latinoamericanas llenas de horror, la distopia de Ogawa se vuelve informe, confusa y desesperante por la pasividad de los habitantes de la isla quienes en algún momento “pierden» partes del cuerpo cuando éstas desaparecen, siguen ahí, pero las asumen como una desaparición y aunque esas partes del cuerpo aún forman parte de ellos, las perciben como bultos sin vida, estorbos que hay que aprender a sobrellevar.
Dentro de la novela hay una segunda historia pues la protagonista es autora de novelas e intercala en la historia principal fragmentos de las novelas en que la protagonista está trabajando y que suelen tratarse sobre cosas que desaparecen. Cuando le toca el turno a las novelas de desaparecer, la protagonista está trabajando en la historia de una mujer que pierde la voz y solo puede comunicarse tecleando en una máquina de escribir. Luego descubrimos que es su maestro de mecanografía el que ha creado la trampa para atrapar su voz en la máquina, pero luego la secuestra y abusa de ella hasta reducirla a una sombra, la protagonista de esta segunda historia ha perdido tanto de sí, que, cuando tiene la oportunidad de escapar, no lo hace: ya no sabe vivir fuera de su encierro.
Quizá por esta segunda historia es que alguien en Goodreads dijo que la novela habla sobre el lenguaje, pero yo creo que el lenguaje no es el tema principal de la novela, el lenguaje deja de se útil cuando ya no hay nada que nombrar, y eso, me parece que es el meollo de la historia. La isla de la historia se está quedando sin cosas que nombrar, está perdiendo su identidad al perder las cosas que le daban vida Las cosas materiales nos aterrizan, los rituales, las tradiciones nos aterrizan, El mundo actual es mu pobre en “miradas y voces”. No nos mira ni nos habla. Pierde su “alteridad” La pantalla digital, que determina nuestra experiencia del mundo, nos protege de la realidad. El mundo se derealiza en un mundo sin cosas, sin cuerpos. Al ego así fortalecido, nada lo toca.Afirma Han.
Pienso que los objetos, las cosas, esas cosas que están despareciendo en nuestro mundo, se parecen al hilo que Ariadna le dio a Teseo para guiarlo por el laberinto del Minotauro y mientras pienso en eso miro el separador que he usado para los libros de que acabo de leer: un boleto de entrada para el museo de Picasso en Málaga, ese pedazo de papel con una impresión de unos ojos dibujados en grafito me hace viajar en el tiempo: vuelvo a los callejones angostos de la ciudad, a sus plazoleta blanca y a ese hotel estrecho y liminal en el que nos hospedaron (fue un viaje de trabajo), confirmo así, que las cosas materiales importan, nos aterrizan, nos punzan. Vuelvo a Han: La digitalización reduce la realidad a información. Nada sale disparado de la pantalla digital como una flecha que punce al espectador. La información no tiene punta de flecha. “Rebota en el ego fortalecido”. He convertido un boleto de entrada a un museo en separador, cada que miro esos ojos trazados con grafito, regreso a ese día en que pensé que no podía irme de Málaga sin visitar el museo aunque estuviera cansada y tuviera poco tiempo. Valió la pena. Unos ojos me miran desde el papel, un objeto, una cosa, un ancla que me ata al mundo, un objeto que acumula en su materialidad evidencia del tiempo transcurrido: un rayón, una mancha, un garabato. Marcas del tiempo, marcas de vida.
La protagonista de la segunda historia en la novela termina por desaparecer, sin luchar, sin lamentarse, algo similar pasa con los habitantes de la isla en historia principal. Como si el cansancio fuera invencible, los pocos habitantes que aún logran recordar cosas intentan que los demás también recuerden, pero no tienen éxito, su único triunfo es que sus almas están despiertas, viven, mientras el resto de la población solo habita la inercia. La protagonista ha ocultado en un sótano improvisado a su editor, que aún puede recordar cosas y reconocer objetos que han desaparecido. A pesar de sus esfuerzos, el editor no logra hacer que la autora recuerde, reconoce que su alma se ha ido, no solo está dormida, ya no está.
Quiero pensar que aún recuerdo todo, pero la verdad es que he olvidado muchas cosas, el otro día escuché una canción de los Rolling Stones y me sorprendió el sonido metálico de los instrumentos, había olvidado que hace tiempo la música también era materia, las manos humanas emitían sonidos al golpear, al soplar, al rasgar la materia. No sé que otras cosas he olvidado, pero sé que me da miedo volverme como los habitantes de la isla de la novela, aunque no sé si puede evitarlo. He dejado de intentar hablar con la gente sobre los riesgos de la tecnología, el mal uso de la información, los daños al ambiente, la usurpación de la democracia por los dueños de las grandes empresas, no hablo más porque estoy cansada, cansada de escuchar que la IA es el futuro, que la nube es el futuro, que todo será mejor en el futuro mientras veo cómo el presente está desapareciendo y desaparece también el pasado. Miro a la gente a mi alrededor volverse etérea, perder peso y sustancia, dar el salto para volar hacia la nube de datos que espera, ansiosa, hambrienta, deseosa de despojarlos de la poca humanidad que les queda. Me aferro a la tierra porque aunque quisiera volar, no puedo, soy habitante del siglo pasado y hace tiempo eché raíces aquí.
Disocio. No lo sabía, no tenía nombre para este hábito mío de escaparme de la realidad cuando el mundo se pone complicado. Disocio, me vuelvo zombie: mis labores, en general, las llevo a cabo adecuadamente. Funciono. Nadie puede decir que le he provocado un daño. No he causado un accidente, manejo bien el coche, cumplo con mi rutina, y sin embargo, no existo.
Empiezo a disociar en noviembre porque es el mes de mi cumpleaños y esa siempre es una fecha complicada. Nunca he celebrado mi cumpleaños porque siempre me pongo reflexiva en esa fecha. Luego del cáncer, el mes de diciembre se volvió el mes de las citas de revisión, los análisis, los aparatos médicos y la angustia de no saber qué dirá mi sangre, mis huesos fotografiados por los rayos X, mi pecho aplastado por el peso del escáner. Me siento como gata de Schrödinger, habito en el limbo esperando los resultados, aguantando la respiración para saber si puedo relajarme un poco o si es momento de entrar en modo sobrevivencia otra vez.
Este mes me tocó escuchar mi corazón, las consecuencias de las quimioterapias quizá están provocando algo en el. Recostada de lado sobre una camilla fría escuché a mi corazón y no fue un sonido grave, como de tambor, no tenía la fuerza de un gong, no, con este aparato mi corazón sonaba como sample de rap de los 80’s, ese sonidito que hacían al girar adelante y atrás un disco. No pude evitar reírme. El sonido de mi corazón rapero me relajo un poco.
Pero el daño estaba hecho, las reuniones familiares, el fin de año, el avance de la IA, los trabajadores municipales afuera de mi casa «arreglando» la calle desde hace tres meses, todo, en fin, me había llevado al limbo. Pasé diciembre leyendo un libro tras otro. La gente me pregunta cuál es mi secreto para terminar el reto Guadalupe-Reinas: es este, este es mi secreto. Disocio, camino por el borde de la depresión por semanas completas y mi cerebro se rehúsa a trabajar, a pensar, a escribir, a imaginar. Así que leo, leo y leo, paso días completos sin contestar mensajes, sin ver el teléfono. No es sano, pero es lo que mi cerebro hace para no volverse loco.
El problema es regresar, bajar de la nube de limbo. Este texto es mi intento de reconectar con el mundo. Escribo como testimonio de que aún existo, de que mi cerebro aún funciona en este plano. Soy ese oso que sale despeinado de la cueva, cansado, confuso, pero da un paso y otro y quizá pronto vuelva a ser él mismo. Quizá pronto vuelva a ser yo misma.
Escribo diario, pero eso no significa que sea diarista, al menos no en el sentido formal. Lo que escribo todos los días no es una crónica de mi día sino un flujo de consciencia, escribo todas las ideas dispersas que flotan en mi mente, es una especie de terapia que me permite vaciar mi cerebro en el papel, convertirme en tinta.
A veces si escribo un diario en el sentido más usual del término, hago una crónica de mi día, anoto cosas que me parecen importantes de recordar, como los nacimientos y las muertes o las guerras y otras cosas terribles que pasan en el mundo. También escribo de forma creativa, imagino mundos, historias y busco formas de publicar lo que escribo.
Mi primer diario fue una libretita robada (mis papás tenían una papelería) del tamaño de un cuarto de carta. Leer el “Diario de Ana Frank» me inspiro a documentar mi vida y también le escribí a Kitty, quería sentir que tenía una amiga. Al poco tiempo dejé de escribirle a Kitty, pero seguí escribiendo como si me dirigiera a alguien, como si mis diarios fueran a ser leídos en público; supongo que era una especie de autocensura.
Con el tiempo mi escritura se fue volviendo más íntima y más libre, dejé de escribir pensando en que alguien me leería y comencé a escribirme a mí. Fue un proceso largo, no sé exactamente cuándo pasó, la escritura ha sido el hábito más constante en mi vida, así que he tenido muchos años para experimentar con ella.
Descubrí que la escritura personal que hago desde mi adolescencia puede ser terapéutica y aunque al escribir a veces surgen ideas, su función principal, para mi, es vaciar mi cerebro del ruido que se acumula en mi cabeza; es una forma de existir sin la presión de ser observada ni juzgada. Mi cuaderno se ha vuelto un refugio, pero también un laboratorio. Desde hace mucho me intriga el saber porqué escribir a mano es tan sanador y en ese proceso he descubierto herramientas y libros que me han ayudado a fortalecer esta práctica.
Hace varios años, un amigo me regaló un día una copia de Writing Down the Bones* de Natalie Goldberg y esa fue mi primera aproximación al arte de la escritura como práctica zen, como una forma de autoconocimiento. Durante muchos años escribí en libretas tamaño media carta, siguiendo la premisa de Natalie, ella aconseja escribir por un tiempo determinado (10 minutos, por ejemplo) sin soltar el lápiz ni despegar la mano de la hoja. El objetivo de esta practica es soltar la mano y liberar la mente, escribir un flujo de consciencia, es decir, escribir todo lo que se te venga a la cabeza, sin importar cuándo y dónde escribas. Se trata de abrir la mente y dejar que el cerebro fluya con la tinta.
Este año modifiqué un poco mi practica para ajustarla a lo que se conoce como morning pages: páginas matutinas. Esta práctica es parte de una programa de creatividad desarrollado por Julia Cameron en su libro “El camino del artista” en realidad las morning pages son bastante similares a lo que recomienda Natalie Goldberg, pero con algunas modificaciones que, para mí, han significado una gran mejora pues son las que me han traído hasta acá, a escribir este post.
Cameron dice que la hora del día en que se escribe el flujo de conciencia es importante y sugiere escribir en cuanto despiertes, en tres páginas tamaño carta y siempre a mano. Para mi, pasar de tres páginas tamaño media carta a tres de tamaño carta implicó duplicar el volumen de lo que escribía, pero descubrí que aunque a veces, muchas veces, sufro por no saber que escribir, al final siempre lleno las tres páginas y siempre surge algún tema para explorar. La superficie enorme de una hoja tamaño carta me hace sentirme con libertad de soltar todo lo que traigo en la cabeza, aunque eso sí, dice Cameron que es importante no escribir ni más ni menos de tres hojas (me recuerda a Murakami que en su libro “De qué hablo cuando hablo de correr” que también es una especie de diario sobre la práctica de correr, aconseja siempre no correr hasta que estés exhausta sino dejar algo reservado para el día siguiente).
Cuando no se me ocurre nada qué escribir, la enormidad de la hoja carta es una tortura, la verdad. Muchas veces empiezo la página escribiendo simplemente eso: no sé qué escribir o no quiero escribir, o cualquier tontería que me venga a la cabeza, hasta que sin darme cuenta comienzan a fluir las ideas.
Aún no me atrevo a hacer el camino del artista, pero siento que el solo hecho de cambiar mi práctica de escritura diaria a las páginas matutinas me ha despertado una especie de impulso. No suelo publicar nada de mi escritura personal, todo se queda en el cuaderno, aunque a veces surgen ideas que luego trabajo de forma creativa, pero ahora tengo el deseo de ir hacia atrás y revisar mis cuadernos y ver qué cosas podría trabajar para adaptar a un texto que pueda publicar, por lo menos, en este blog, ahora el gran reto será descifrar mi letra, que cada día es más indescifrable.
Pero dime, ¿tú también usas la escritura como terapia o lo has considerado alguna vez?
¿Escribir es observar? Escribo esto mientras observo a mi gatita intentando escapar por la ventana. Observo los rayos del sol en la pared. Escucho a los aviones que constantemente sobrevuelan mi casa. Observo el ruido blanco del mundo.
El lenguaje es la herramienta del pensamiento, pero es tan rústica que a veces crea abismos insondables. Mi cabeza es una maraña de cosas ideas, emociones, pensamientos, todo tan confuso, tan enredado que no sé cómo describir lo que pienso y siento. Eso me abruma y opto por el silencio. Dejo de escribir, pero vivo, sigo viviendo. Existo.
Mi cuerpo dice lo que yo no puedo, pero su vocabulario es aún más limitado que el lenguaje escrito. Mi cuerpo conoce apenas unos cuantos morfemas: nariz, garganta, ojos, cabeza, pecho. Somatizo, el cuerpo escribe a su manera. La tinta de mi cuerpo es el aire, salgo a caminar y me abastezco de aire. Necesito aire para nombrar los pensamientos, pensamientos para armar palabras, palabras para ordenar los pensamientos. Apenas nombro las cosas, siento que el mundo se detiene. El lenguaje es un ancla.
Sí, creo que sí, que escribir es observar y también es vivir. Lo voy descubriendo de a poco; en el deseo que tengo a veces de derramarme en el cuaderno, de dejar que mi cerebro se transforme en tinta y la tinta en palabras.
A veces siento que acabo de nacer y estoy aprendiendo a nombrar las cosas. Ordenar los pensamientos se siente como nacer por decisión propia, por gusto propio. Nombrar es algo tan complejo. Se nombra la naranja sin problemas, la fruta, la manzana. Se nombra padre, madre, hermano, pero ¿cómo se nombra la enorme soledad de sus silencios? ¿cómo se nombra ese gesto desconfiado de mi gata o el gusto de ver el brillo del sol en los ojos de un niño?
Escribo. Pongo una letra delante de otra. Busco la palabra que defina lo que quiero decir. La invento si no la encuentro. Escribir es observar, es vivir, es estar presente. Supongo que por eso a veces no escribo, porque no se puede hacer todo al mismo tiempo y a veces, me rindo a mi naturaleza salvaje y solo cierro los ojos para sentir con gusto los rayos del sol en mi cara.
*Compartí este texto en la noche de Open Mic del 5to aniversario de la comunidad «Leemos Juntas» de Libros Before Tipos
Con motivo de la publicación de Penumbria Corporal*, quisiera escribir un poco sobre las ideas que me ayudaron a escribir el cuento que mandé para esta convocatoria.
Como sobreviviente de cáncer, algo que me ayudo a navegar el proceso de la enfermedad fue investigar sobre el tema. Lo que descubrí fue un poco decepcionante: hace falta mucha investigación. Hay un montón de cánceres de los que se sabe muy poco. A mí me dijeron que tenía uno de los más comunes, uno del que se sabe más y para el cual había un tratamiento relativamente efectivo, pero no por ello menos aterrador.
La falta de investigación médica implica que en el SXXI los principales métodos para tratar el cáncer sigan siendo venenos, quemaduras y amputaciones, en versiones estilizadas, con grandes máquinas blancas y estériles y un sinfín de líquidos transparentes, pero que en realidad siguen haciendo las funciones de las hierbas ponzoñosas, el fuego y el cuchillo. Ese conocimiento fue el que me llevó a investigar más sobre la historia del cáncer de mama y cómo se ha tratado a lo largo de la historia y lo que encontré fue un montón de historias aterradoras que, paradójicamente, me tranquilizaron: por lo menos en este siglo ya existe la anestesiología.
Ilustración de una mastectomia e instrumentos médicos necesarios para realizarla (ca 1675)
Uno de los primeros registros de la enfermedad es de los egipcios aproximadamente en 1600 a.C. Los antiguos griegos también registraron el mal y juraría que leí sobre una mujer en Grecia que ordeno la extirpación de su seno cuando detectó un tumor, pero no he podido encontrar la referencia y es una pena porque los médicos egipcios y griegos coincidían en que lo mejor era no operar el pecho enfermo, así que si existió, esa mujer habría sido una rebelde y una precursora de la medicina.
Mastectomia SXVII
Después de los griegos la historia occidental no menciona de nuevo el tema hasta la edad media, época en que comienza a documentarse algunos procedimientos médicos, que parecían más bien carnicerías o torturas de la inquisición
Mrs Prince, después de una mastectomia.Mastectomia, Japón del siglo XIX. Ilustración de Kan Aiya.
Las imágenes de mastectomías históricas se quedaron en mi cerebro, y me han perseguido por años, ni siquiera imagino el dolor de esas operaciones, las infecciones, el morbo. Supongo que la esperanza de vida era poca para un sacrificio tan grande, ¿Cuánto hay que amar la vida para estar dispuesta a pasar por ese dolor? ¿O tal vez las pacientes ni siquiera querían operarse y los médicos aprovecharon la oportunidad para hacer sus experimentos?
Leí en un libro que se llama «El emperador de todos los males» de Siddhartha Mukherjee, una frase que me hizo rendirme ante la incertidumbre de la enfermedad: El cáncer es un invasor y un colonizador extremadamente exitoso, en parte porque explota las misma funciones que nos hacen exitosos como especie o como organismo. Mientras estemos vivos, la posibilidad del cáncer estará ahí.
Después de leer ese libro comencé a buscar respuestas en el arte, recordé la serie fotográfica de Lee Miller que vi hace unos años en una exposición en el Museo de Arte Moderno y me pregunté cuál sería la historia detrás de esas fotografías.
Sin título [Seno amputado tras mastectomía radical en un plato 1 y 2] Lee Miller (ca 1929)
Descubrí que nadie sabe exactamente de quién es el pecho y por qué se tomó esa foto, pero una teoría es que perteneció a una amiga de Lee ¿le habrá pedido la enferma a Lee que robara el seno y le tomara una foto? ¿o por el contrario, fue Lee quien decidió hacer la foto sin consentimiento de la mujer? Cualquier respuesta plantea una historia interesante, pero prefiero creer que la correcta es la primera, que fue la paciente quien pidió a Lee robar el seno amputado y tomarle fotos para hacer con el una «ofrenda», para retomar el control de su cuerpo a través de la imagen, para hacer arte con su dolor.
Naturaleza muerta con seno, Joel-Peter Witkin
El mismo año que vi la foto de Miller, tuve la suerte de ver una imagen similar, hecha por un hombre, uno de los hermanos Witkin, en una exposición del extinto Fotomuseo Cuatro Caminos, el contraste de ambas fotos me intriga todavía, para el hombre el pecho es solo un motivo más en la naturaleza muerta, es estético y frio, la foto de Miller, por el contrario, es cruda y sangrienta, esta viva, a veces imagino que en cualquier momento ese pecho comenzara a palpitar, como si un corazón estuviera escondido en su interior.
Santa Águeda de Catania
No sé si Miller o Witkin conocían la historia de Santa Águeda, pero si no, me parece muy extraño encontrar tanta similitud en sus imágenes. Águeda no estaba enferma, su sacrificio tuvo que ver con la conservación de su pureza ante los avances de un pretendiente que, al no aceptar su rechazo la torturó y ordenó que le arrancaran los pechos, por eso se la representa sosteniendo un plato en el que reposan sus senos mutilados. Tip para escritores: los martirologios católicos son siempre una buena fuente de inspiración para historias de body horror.
Confieso que lo último que imaginé cuando comencé a investigar sobre el cáncer de mama fue encontrarme con iconografías de pechos servidos en platos, quizá por eso la mastectomia terminó convirtiéndose en mi mente en una especie de rito sacrificial, por alguna extraña razón, esa idea me ha servido para enfrentar mejor el camino de la enfermedad y me ha hecho confirmar que cuando la realidad se pone difícil, a veces el horror calma y hasta reconforta.
El comediante Ricky Gervais ha dicho que la muerte es como la estupidez, la padecen los otros, no el muerto y eso me recordó algo que leí en el libro de Norbert Elias La Soledad de los Moribundos: La muerte es un problema de los vivos. Los muertos no tienen problemas. Los muertos no votan, no imponen dictadores, no compran nada, todo eso lo hacemos los vivos, somos nosotros los que haríamos cualquier cosa con tal de no tener que morir, con tal de evitar que alguien cercano a nosotros muera, porque no es solo de la muerte de lo que queremos huir sino del dolor, la enfermedad y las metáforas que acompañan a ambas.
Hay enfermedades que llevan consigo un estigma, creemos conocer el carácter y la historia de una persona por la enfermedad que padece, por su forma de morir. Creemos también que si seguimos ciertas reglas y obedecemos ciertos códigos no moriremos nunca, compramos y acumulamos cosas convencidos de que viviremos lo suficiente para usarlas todas, nos emocionamos con el prospecto convertir a Marte en un planeta habitable porque estamos convencidos que viviremos lo suficiente para ir a visitarlo, hablamos de curar enfermedades incurables, dominar la célula, vencer por fin a la muerte y mientras tanto, vivimos y morimos en soledad.
Los japoneses padecen en estos años una epidemia de muertes solitarias, incluso tienen un nombre para este fenómeno: Kodokushi. Este podría ser un problema mayor a nivel mundial en las próximas décadas considerando la tendencia de baja natalidad y mayor longevidad en muchos países, incluido México, además del aislamiento que nos provoca la tecnología y un sistema productivo que exige sumisión total.
Norbert Elias dice que el miedo que el individuo le tiene a la muerte es una especie de subterfugio con el que se pretende huir de la culpa que nos provoca tener pensamientos destructivos, sobre todo deseos de muerte para los que nos son cercanos, la muerte se convierte así en un castigo: la parca se mofa de la vida cuando le arrebata a sus súbditos, incluso en nuestros días la forma como hablamos de la enfermedad da a entender que la muerte es una especie de ser malvado que se puede vencer, por ejemplo, no decimos que alguien murió por un padecimiento, decimos perdió la batalla contra esta o aquella enfermedad. Irónicamente en esta carrera contra la muerte estamos matando el planeta que sostiene nuestra vida pues mientras más ocultamos la muerte, mientras más nos sentimos capaces de vivir eternamente, más descuidados somos con el uso de los recursos naturales, acaso pensamos que también ellos son infinitos.
Cientos de años nos separan de nuestros antepasados medievales pero tal vez estamos más cerca de ellos de lo que parece pues seguimos haciendo malabares con tal de no pensar en la muerte y seguimos creyéndonos el cuento de que la venceremos pronto. En tik tok abundan los videos de gente presumiendo que se ven de 20 o menos cuando tienen 30 o más (algunos sí, pero muchos otros tienen serios problemas de percepción) y hablando de cómo las generaciones anteriores se veían viejas a los 30. Me he preguntado muchas veces que hay detrás de esa obsesión ¿quizá el temor de reconocer que aunque el espejo no te lo diga, el tiempo sí que pasa y la muerte está cada vez más cerca? Porque más allá de los avances en skin care, la realidad es que la edad promedio de los seres humanos no ha incrementado mucho en la última década, así que se nos viene una generación de ancianos sin arrugas, pero ancianos al fin.
En lo personal, cada vez aprecio más que las cosas tengan fin.. Ya no me gustan las películas con veinte mil partes o las series con millones de temporadas. La industria del entretenimiento insiste en estirar y estirar hasta el infinito las mismas historias, revivir cuentos viejos, abogar por la nostalgia, obligar al espectador a ver siempre hacia atrás porque el futuro es aterrador. Esta tendencia me ha hecho pensar en los vampiros de la literatura, que a pesar de todo su poder y precisamente porque son eternos, deben enfrentar la muerte de todo lo que conocen, una y otra vez. Quizá es por mi edad, pero he comenzado a ver patrones repetirse, es cierto eso de que la historia se repite, una y otra vez, quizá inevitablemente, porque para evitar que se repita hay que llegar al final y el final nos aterra.
Descanse en paz, decimos en los funerales y hacemos una ceremonia alrededor de la cama del reposo eterno ¿por qué entonces no vestimos a los muertos con pijama? Yo pido desde ahora, que en mi funeral me pongan mi pijama más suavecita y un libro sobre mi pecho. Empiezo a pensar en la muerte como un final, un cierre de capítulo. La idea de extender la vida y buscar la juventud eterna me parece cada vez más aterradora. Miro en las pantallas a mujeres de casi 90 con piel más lozana que la que jamás tuve, mujeres de 60 que parecen de 30. Los dobles digitales permiten revivir a los muertos y ponerlos a trabajar en películas que quién sabe si hubieran aceptado en vida, pero todo eso cuesta dinero, la idea de no poder dejar de trabajar nunca porque el botox cuesta, porque hay que remendar la nalga, porque hay que reinflar las tetas, me aterra, me recuerda esa película de los 80s, La muerte le sienta bien, en que dos amigas/enemigas tienen que pasar la eternidad parchándose una a otra porque bebieron un menjurje para ser eternas pero son pésimas cuidadoras de sí mismas, así que pasan sus días peleando y reparándose (con pésimos resultados).
Quizá soy old school, pero mientras más lo pienso, la idea de la muerte me parece menos aterradora, aunque siempre me da miedo y sí, pienso en ella todos los días, pero cada vez más como un recordatorio, como un faro, como esa voz en el oído de Sabines que le decía Vive, vive, vive.
Hace 5 años, la víspera de año nuevo me la pase haciendo un muestrario de costuras para libretas. Ese fin de año fue el peor de mi vida: no pude comer nada porque los efectos de la radioterapia me lastimaron tanto la garganta que tragar saliva era doloroso, también estaba muy cansada y además, pelona. No escribí nada, me costaba pensar, pero tenía una obsesión enorme por hacer cosas con agujas e hilo.
Me puse a hacer libretas a la antigua, solo hilo, papel y piel, bordaba sin descanso, hasta compré una máquina de coser y me puse a hacer “proyectos” que veía en tutoriales de youtube, me llene de hilos, de agujas porque sentía un enorme deseo de convertirme en araña para producir hilos y salir a remendarlo todo, remendarme a mi.
Un cuerpo roto
Ese año pase por una mastectomía, quimios, radioterapia y un sinfín de consultas médicas. Hubo muchas noches de insomnio preguntándome ¿por qué a mí? ¿por qué yo? No podía verme al espejo sin ponerme a llorar, no quería bañarme para no enfrentarme a mi cuerpo desnudo y roto, abierto y cosido con puntadas toscas y chuecas. No quería escribir, no quería hablar porque no tenía las palabras para expresar lo que sentía: unas enormes ganas de repararme, de regresar el tiempo, de remendar con hilos mágicos mis heridas, como una prenda vieja a la que una tejedora sabia le da nueva vida.
Las ancestras bordadoras
En esos días pensé mucho en Penélope, tejiendo y destejiendo su sudario, para engañar a sus pretendientes, para sobrevivir, para soportar la espera. Leí no sé cuantos libros de costura, cosía telas, pieles, papeles, descubrí que la aguja y el hilo son invenciones maravillosas. En mi convalecencia ví un montón de documentales sobre cómo se hace el lino a la manera antigua, la seda, la lana, buscaba imágenes de cardadoras, de bordadoras, de costureras, quería ser una de ellas, quería que alguien me enseñara a coser la ropa que necesitaba mi cuerpo mutilado y quizá encontrar alguna técnica para regresar mi cuerpo a la normalidad.
Después de la cirugía, las primeras sugerencias de algunas enfermeras y “amigas” fueron usar prótesis, la reconstrucción del seno, hubo quien bromeó con que así además me hacían “la lipo” pero la prótesis externa, me molesta, la reconstrucción quirúrgica implica un proceso doloroso que requiere estirar la piel por meses y luego una cirugía, ademas, algunas prótesis internas, se ha reportado, tienen elementos cancerígenos, en fin, me parecía demasiado trabajo para que los demás se sintieran cómodos al estar conmigo, porque a mi en realidad, no es que no me moleste no tener un seno, pero me molesta más la idea de someterme a torturas adicionales solo para que los demás me acepten. Así que me embarque en una búsqueda para encontrar formas de habitar mi nuevo cuerpo, armada de hilos y agujas.
Aracné,la arrogante
Aprendí mucho sobre la historia de los textiles, pero fue el mito de Aracné el que me sacó del sopor. Aracné era una arrogante bordadora que se atrevió a desafiar a la diosa Atenea pues aseguró que podía bordar más rápido y mejor que ella, a pesar de ser mortal. Atenea, inmadura como todos los dioses griegos, se hizo presente al instante y aceptó el desafio. Ante un publico asombrado, Atenea bordó rápidamente y con gran destreza un manto maravilloso, Aracné no se amedrentó y comenzó a dibujar en su tela el esplendor del Olimpo, al parecer, se quería congraciar con Atenea haciendo un homenaje a la divinidad, sin embargo, poco a poco en su manto comenzaron a aparecer los abusos y crueldades de los dioses, sobre todo, los de Zeus: el rapto de Europa, la violación de Leda y otros tantos engaños y violaciones a las mujeres mortales. Atenea, furiosa, castigo a Aracné, transformándola en un insecto, pero reconoció que era mejor tejedora, así que la convirtió en un insecto bordador, en una araña, para que pudiera tejer por toda la eternidad.
Cinco años después
El mito de aracné me saco del sopor, porque me recordó que la aguja y el hilo no sirven solo para remendar, también sirven para “narrar” para crear, para expresar en imágenes y en colores lo que no se puede decir con palabras. Después de conocer el mito de Aracné deje de hacer remiendos y puntadas según las instrucciones de alguien mas y comencé a experimentar por mi cuenta. Cinco años después, por fin voy encontrando palabras para decir que tengo miedo, todo el tiempo, pero también tengo amor, alegría y unas ganas enormes de vivir, y ademas, por fin he encontrado formas de vestir este cuerpo a mi manera, a mi gusto y eso es lo mejor que me dejó seguir el ejemplo de Aracné.
La urdimbre es el conjunto de hilos que, junto con la trama, se entretejen para formar una tela. En literatura, la trama es el conjunto de sucesos que pasan en una historia, siguiendo con esa metáfora, la urdimbre podría ser el lugar y el tiempo donde ocurren los sucesos. El paralelismo directo entre el arte textil y la literatura siempre me ha parecido fascinante, porque no es solo que el oficio de contar historias tome prestados términos del oficio de crear prendas, es que narrar, como coser, es un acto creador, pero también reparador.
Nunca aprendí a tejer, porque ni mi madre ni mi abuela sabían hacerlo, tampoco sabía contar historias porque ni mi madre, ni mi abuela sabían hacerlo, pero aprendí a bordar en la escuela primaria y desde entonces no he dejado de hacerlo. A contar historias mucho después, como a muchas personas de la periferia (geográfica y metafórica) la pandemia me dio acceso virtual a espacios que no hubiera conocido de otro modo y así pude tomar mis primeros talleres de escritura.
Los hilos que me unen a otros tiempos
Cuando bordo, mi mente se expande, se libera, imagina. Mientras bordo, me desbordo en la tela, pienso y recuerdo cosas, lugares, olores y sonidos, a veces lloro.
Quizá por eso el nombre de este blog, porque me parece que el escribir es como un manto hecho de palabras, de voces, de miradas, un manto que se sostiene por el trabajo paciente y a veces doloroso de quien escribe y quien lee, de quien teje y quien viste las prendas tejidas.
Voyerista de palabras
No recuerdo desde cuando escribo diarios, bocetos, garabatos, pero sé que tengo ya un montón de cuadernos y hojas sueltas que guardan mi historia personal. Me gusta también leer los diarios de otras personas, a veces busco en el diario de alguna autora la fecha presente para asomarme al pasado.
Afortunadamente, muchas mujeres llevaron diarios y han sido publicados. Los diarios casi nunca se escriben para ser leídos por ojos ajenos, por eso un diario no le debe corrección, ni edición a nadie, un diario es una mente vuelta tinta, una urdimbre de ideas, una tela cruda y tosca que sirve de ejercicio para luego hacer obras de arte o simplemente enfrentar la vida después de echar una lloradita.
El largo camino que forma un hábito
Confieso que mis diarios no son un registro de los hechos de mi día a día sino un constante flujo de consciencia, un divagar permanente, un montón de preguntas sin respuestas, me sorprendí cuando hace poco descubrí que en “El camino del artista” Julia Cameron sugiere un ejercicio similar con sus morning pages, gracias a ese descubrimiento cambie el formato de mias cuadernos, antes solia llenar 2 o tres páginas tamaño media carta, pero confieso que el tamaño carta me permite navegar por el cuaderno con más gusto, siento que pase del chapoteadero a aguas abiertas.
La urdimbredel tiempo
En mi camino como diarista (si se me permite la palabra) he recorrido un largo trecho lleno de curvas, al principio escribía llena de rabia o de alegría, a veces las palabras ni siquiera llegaban y solo rayoneaba el cuaderno, también intenté escribir con la letra más bonita de los temas “mas importantes” pero con el tiempo y el hábito, mis páginas han dejado de ser un objeto en el que deposito mi rabia y frustración para convertirse en un espacio seguro donde me permito ser quien soy, por eso creo que es tiempo de ir editando algo de eso que he escrito en mis cuadernos, como un ejercicio de escritura, como una reflexión de mis obsesiones, como un hilo que busca otros hilos para hacer una urdimbre de palabras, una trama de vida, una urdimbre textual.