Reflexión sobre la muerte

El comediante Ricky Gervais ha dicho que la muerte es como la estupidez, la padecen los otros, no el muerto y eso me recordó algo que leí en el libro de Norbert Elias La Soledad de los Moribundos: La muerte es un problema de los vivos. Los muertos no tienen problemas. Los muertos no votan, no imponen dictadores, no compran nada, todo eso lo hacemos los vivos, somos nosotros los que haríamos cualquier cosa con tal de no tener que morir, con tal de evitar que alguien cercano a nosotros muera, porque no es solo de la muerte de lo que queremos huir sino del dolor, la enfermedad y las metáforas que acompañan a ambas.

Hay enfermedades que llevan consigo un estigma, creemos conocer el carácter y la historia de una persona por la enfermedad que padece, por su forma de morir. Creemos también que si seguimos ciertas reglas y obedecemos ciertos códigos no moriremos nunca, compramos y acumulamos cosas convencidos de que viviremos lo suficiente para usarlas todas, nos emocionamos con el prospecto convertir a Marte en un planeta habitable porque estamos convencidos que viviremos lo suficiente para ir a visitarlo, hablamos de curar enfermedades incurables, dominar la célula, vencer por fin a la muerte y mientras tanto, vivimos y morimos en soledad.

Los japoneses padecen en estos años una epidemia de muertes solitarias, incluso tienen un nombre para este fenómeno: Kodokushi. Este podría ser un problema mayor a nivel mundial en las próximas décadas considerando la tendencia de baja natalidad y mayor longevidad en muchos países, incluido México, además del aislamiento que nos provoca la tecnología y un sistema productivo que exige sumisión total.

Norbert Elias dice que el miedo que el individuo le tiene a la muerte es una especie de subterfugio con el que se pretende huir de la culpa que nos provoca tener pensamientos destructivos, sobre todo deseos de muerte para los que nos son cercanos, la muerte se convierte así en un castigo: la parca se mofa de la vida cuando le arrebata a sus súbditos, incluso en nuestros días la forma como hablamos de la enfermedad da a entender que la muerte es una especie de ser malvado que se puede vencer, por ejemplo, no decimos que alguien murió por un padecimiento, decimos perdió la batalla contra esta o aquella enfermedad. Irónicamente en esta carrera contra la muerte estamos matando el planeta que sostiene nuestra vida pues mientras más ocultamos la muerte, mientras más nos sentimos capaces de vivir eternamente, más descuidados somos con el uso de los recursos naturales, acaso pensamos que también ellos son infinitos. 

Cientos de años nos separan de nuestros antepasados medievales pero tal vez estamos más cerca de ellos de lo que parece pues seguimos haciendo malabares con tal de no pensar en la muerte y seguimos creyéndonos el cuento de que la venceremos pronto. En tik tok abundan los videos de gente presumiendo que se ven de 20 o menos cuando tienen 30 o más (algunos sí, pero muchos otros tienen serios problemas de percepción) y hablando de cómo las generaciones anteriores se veían viejas a los 30. Me he preguntado muchas veces que hay detrás de esa obsesión ¿quizá el temor de reconocer que aunque el espejo no te lo diga, el tiempo sí que pasa y la muerte está cada vez más cerca? Porque más allá de los avances en skin care, la realidad es que la edad promedio de los seres humanos no ha incrementado mucho en la última década, así que se nos viene una generación de ancianos sin arrugas, pero ancianos al fin.

En lo personal, cada vez aprecio más que las cosas tengan fin.. Ya no me gustan las películas con veinte mil partes o las series con millones de temporadas. La industria del entretenimiento insiste en estirar y estirar hasta el infinito las mismas historias, revivir cuentos viejos, abogar por la nostalgia, obligar al espectador a ver siempre hacia atrás porque el futuro es aterrador. Esta tendencia me ha hecho pensar en los vampiros de la literatura, que a pesar de todo su poder y precisamente porque son eternos, deben enfrentar la muerte de todo lo que conocen, una y otra vez. Quizá es por mi edad, pero he comenzado a ver patrones repetirse, es cierto eso de que la historia se repite, una y otra vez, quizá inevitablemente, porque para evitar que se repita hay que llegar al final y el final nos aterra. 

Descanse en paz, decimos en los funerales y hacemos una ceremonia alrededor de la cama del reposo eterno ¿por qué entonces no vestimos a los muertos con pijama? Yo pido desde ahora, que en mi funeral me pongan mi pijama más suavecita y un libro sobre mi pecho. Empiezo a pensar en la muerte como un final, un cierre de capítulo. La idea de extender la vida y buscar la juventud eterna me parece cada vez más aterradora. Miro en las pantallas a mujeres de casi 90 con piel más lozana que la que jamás tuve, mujeres de 60 que parecen de 30. Los dobles digitales permiten revivir a los muertos y ponerlos a trabajar en películas que quién sabe si hubieran aceptado en vida, pero todo eso cuesta dinero, la idea de no poder dejar de trabajar nunca porque el botox cuesta, porque hay que remendar la nalga, porque hay que reinflar las tetas, me aterra, me recuerda esa película de los 80s, La muerte le sienta bien, en que dos amigas/enemigas tienen que pasar la eternidad parchándose una a otra porque bebieron un menjurje para ser eternas pero son pésimas cuidadoras de sí mismas, así que pasan sus días peleando y reparándose (con pésimos resultados).

Quizá soy old school, pero mientras más lo pienso, la idea de la muerte me parece menos aterradora, aunque siempre me da miedo y sí, pienso en ella todos los días, pero cada vez más como un recordatorio, como un faro, como esa voz en el oído de Sabines que le decía Vive, vive, vive.

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